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Quince años sin María


Poseedora de una enigmática belleza, María de los Ángeles Güereña (María Félix) encarnó a una criatura altiva y desdeñosa que se rebelaba ante el sometimiento de la mujer al macho arrogante. A medio camino entre la devoradora de hombres y el ideal de la beldad inalcanzable, representó como nadie el arquetipo de la mujer fatal.


Nacida en el rancho El Quiriego, cerca de Álamos, Sonora, de niña se trasladó a Guadalajara, donde ganó un concurso de belleza. Estuvo casada con el compositor Agustín Lara (autor de Granada y el chotis Madrid, entre otras) y con el famoso cantante y también actor Jorge Negrete, con quien formó, en muchas películas, una pareja protagonista que ha pasado ya a la historia de la cinematografía mexicana.

María Félix fue descubierta por el director Miguel Zacarías, quien intentó, y logró, potenciar aquella "apasionada frialdad" que caracterizaba sus actuaciones. Con Miguel Zacarías debutó en el cine en 1942, interpretando la película El peñón de las ánimas, que inició la lista de los filmes en los que compartía reparto con el que iba a ser más tarde su tercer marido, Jorge Negrete. Trabajó por toda Latinoamérica y también en Europa, sobre todo en España, Francia e Italia, donde alcanzó gran popularidad.

El realizador Fernando Palacios le hizo estudiar arte dramático. Con este director consiguió su primer éxito importante en La mujer sin alma (1943), filme en el que tomó cuerpo su arquetipo de mujer bella y altiva. En el mismo año 1943 se le adjudicó el papel estelar de la cinta Doña Bárbara, basada en una adaptación de la obra homónima de Rómulo Gallegos y dirigida por Fernando de Fuentes. En esta película interpreta a una mujer soberbia, dominante, cruel, la clásica "devoradora de hombres" (lo que en el cine estadounidense se denomina "vamp", término procedente del apócope de vampiresa o mujer fatal), que habría de convertirse en su caracterización predominante a lo largo de todas su carrera cinematográfica.


La Doña, como solía llamársela, se convirtió pronto en un mito viviente del cine mexicano. La Academia Mexicana de Ciencias y Artes Cinematográficas le otorgó el Premio Ariel a la mejor actriz en tres ocasiones: en 1947, por Enamorada; en 1949, por Río Escondido (ambas películas, al igual que Belleza maldita, dirigidas magistralmente por el Indio Fernández), y en 1951, por Doña Diabla.

A 15 años de su muerte (8 de abril de 2002), el historiador Enrique Krauze la recuerda en su texto publicado en esos días en la revista Letras Libres.


EVOCACIÓN María Félix (1914-2002)

Debe de haber sido en los años sesenta. Entró en aquella boite de Acapulco como torera partiendo plaza. La seguía su marido, Alex Berger, y algún otro acompañante. Recuerdo su indiferencia olímpica hacia el resto de nosotros, pobres mortales. Llevaba en la mano derecha un largo cigarrillo de color oscuro. De su cuello pendían saurios de oro. En sus manos relucían piedras inmensas como inmensos soles. Era más alta y altiva de lo que había imaginado. De lejos, me asomé al centro mismo de su poder: sus ojos. María Félix.

¿Hablaría con ella alguna vez? Muchos años después la conocí por medio de esa reencarnación moderna de Maimónides –el médico y el filósofo– que es Teodoro Césarman. Me extendió su mano, apretó la mía con fuerza, alzó la “ceja de lujo” y anunció que nos invitaría a cenar muy pronto. Por esos días, Emilio Azcárraga planeaba ya un retorno de María a la pantalla. Nadie en México se resistiría a verla. De pronto, una idea maléfica cruzó mi mente: escribir su biografía. La comenté con Azcárraga y le pedí que Paula, su mujer, nos reuniese en una comida. Por fin llegaría mi alternativa.


No sé si fue antes o después de saludarla cuando le dije: “Usted se ha robado el siglo.” Ya en la mesa, le confesé mi deseo de escribir una biografía suya que pusiera en su sitio las mil y una versiones que corren sobre su vida y milagros. “Imagino las cartas que guarda de Jorge Negrete, de Agustín Lara: serían el fundamento de su historia verdadera.” Tras un silencio que me pareció interminable, contestó: “No guardo absolutamente nada. Ha llegado usted un poco tarde: hace unas semanas que me los eché a todos. No puede uno cargar con el pasado a cuestas. No es sano. Yo vivo hacia adelante. Por eso me eché las cartas del charro cantor y las del músico poeta, por eso tiré la guitarra de Pedro Infante y no sé cuántas cosas más. Apegos inútiles. Me los eché a todos. ¿Comprende? De modo que si yo conviniera en que usted escribiese mi biografía tendría que ser exclusivamente con mis recuerdos, con mi sesera. Créame, no necesitaríamos más.”

A los pocos minutos “se echó” el tema de la biografía y comenzó a hablar. Al escucharla pensé que su audacia mayor ha sido el lugar público que eligió desde hace décadas, al terminar la última de sus cuarenta y siete películas: no la oscuridad ni la luz sino la penumbra. Ni los adioses patéticos y definitivos a la Marilyn Monroe, ni los abandonos etílicos de Ava Gardner, ni la persistencia ante los reflectores de Liz Taylor. Un poco como Greta Garbo, pero sin caer en sus extremos autolesivos, María Félix optó por proteger su personaje. Desde un principio percibió que en torno a él se había creado un mito y sintió que su imperativo mayor era respetarlo. Su distancia, su retraimiento, no fueron un retiro: están hechos de reserva, no de inseguridad o temor. Su silencio, como en aquel cuento de Rulfo, se oye. Y más ahora que ya ha callado definitivamente.


Pero, ya frente a ella, sus palabras se oían más. Su genio verbal me sorprendió casi tanto como su hermosura tenaz. Cada frase contenía giros inusitados. Había algo de fuete, de puñal en sus hallazgos, una sorpresa incesante que no tenía su origen en lecturas o reflejos miméticos, sino un venero propio construido al cabo de mil experiencias, viajes, personas. Su trato con escritores –Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Renato Leduc, Mauricio Magdaleno, Efraín Huerta– contribuyó seguramente a alertar su oído, pero la originalidad de su voz era evidente. Y si a la creatividad se aunaba la corrección, la charla de sobremesa se volvía lo que fue aquélla: un acto de encantamiento.

Sin mayor preámbulo, en la siguiente cita comencé a grabar sus recuerdos. Una buena química en la conversación, un ánimo festivo, un proyecto intelectual que podía ser interesante y que ambos entreveíamos con claridad, abrieron caminos de comunicación.

“Por primera vez estoy abriendo mis entretelas”, me dijo, como sorprendida por el torrente de imágenes y sensaciones antiguas y recientes, muchas de ellas íntimas, que le brotaban. Era una tarde en su casa de Polanco. Estaba sentada en uno de sus sillones barrocos, vestida toda de cuero negro con bordados y pasamanos de oro. La conversación duró casi cuatro horas. Vendrían muchas más.


Fue en aquella primera conversación cuando me contó, me reveló, la historia de su primer amor. Recordó los paseos a caballo abrazada a él, como soldadera, recordó su voz y su guitarra, su lunar en la mejilla, sus ojos claros, los rizos de su pelo rubio, su apostura cuando llegó a Guadalajara vestido con su riguroso uniforme militar. Las piernas le temblaban al verlo. Le decía “el Gato” y sobre su sentimiento acuñó una frase memorable: “El perfume del incesto no lo tiene otro amor.”

María, en efecto, “abría sus entretelas”. Me refirió que, al advertir el embrión amoroso entre ella y su hermano Pablo, sus padres decidieron cortar por lo sano. Enviaron a Pablo al Colegio Militar. Tiempo después, cuenta María, Pablo murió, asesinado por la espalda. La conversación se demoró muchas horas en la casa de Bernardo Félix: aquel padre durísimo, la madre aliada, la nana yaqui, las hermanas que, como al José bíblico, intentaron ahogarla en un pozo, la vida en Álamos, en el rancho “El Quiriego”, en Guadalajara. Pero yo insistía en la historia de Pablo, adivinando en ella una clave maestra para comprender a la mítica mujer con la que conversaba. Mi interés no le sorprendía: lo compartía. Algo se descargaba en aquella confesión. Hablar de Pablo era un alivio.

Saliendo de su casa me comuniqué con un historiador y militar que quiero y respeto: el general Luis Garfías. Le pedí que gestionase la búsqueda del expediente de Pablo Félix Güereña, de quien sólo tenía el nombre y la certeza de que había pasado por el Colegio Militar en los años treinta. Días más tarde me llamó para decirme que lo había localizado.

Al recibir el documento comprobé el parecido impresionante entre los hermanos –el mismo clarísimo lunar en la mejilla– y apuré nerviosamente las páginas para confirmar la hipótesis que, como una ráfaga, me había cruzado al escuchar la narración de María. Guiado como por un imán la encontré.


María negó la versión del suicidio. No quise mostrarle el documento. Lo habría negado también. Su hermano “había sido asesinado, punto”. Fue entonces cuando comprendí que escribir su biografía era, en sentido estricto, imposible. Como género hermanado a la historia, la condición primera de la biografía es la búsqueda de la verdad. Por definición, la verdad no puede emanar del sujeto mismo de la biografía, así tenga la “sesera” de María Félix. Como había hecho yo en el caso del hermano, cualquier biógrafo habría tenido que cruzar la información con versiones distintas y aun opuestas a las suyas, habría sondeado a sus hermanos y hermanas, a sus amores olvidados o soterrados, a sus querientes y malquerientes, habría abierto las entretelas de la leyenda y separado el mito de la realidad. Ejercer esa inquisición no me atraía. Tampoco a ella: “¿Para qué insistes en buscar eso que tú llamas ‘la verdad’; la vida de una actriz es sueño, y si no es sueño no es nada. Registra lo que te cuento, recréalo como lo que es, un sueño: esa es su ‘verdad’ profunda, no la otra.”


Los dos teníamos razón. Tan verdadera era su verdad como la mía, pero nuestras verdades eran incompatibles. La solución no era la biografía sino la autobiografía. No sería difícil armarla: las grabaciones consignaban ya una literatura oral que, con leves afinaciones, pasaría limpiamente a la página. Así nació el libro que me contó María Félix y que Enrique Serna, meticulosamente, transcribió y editó. La ausencia de María le confiere a su testimonio un sabor nuevo, extraño. Esa ausencia se siente, y su silencio se oye.

Enrique Krauze (Letras Libres, 1 de mayo de 2002)


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